Cafés y tango en las dos orillas. Buenos Aires y Montevideo
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Nos vemos en el boliche Era un santo y seña. La muchachada, la barra, los vecinos, al cruce o en la despedida, se daban cita en el boliche. Todavía, en los barrios porteños y montevideanos, allí se encuentran, nos encontramos las generaciones, para armar un truco de cuatro o levantar la última al mostrador, conversar. Un boliche como dios manda tiene un gaita o un tano al otro lado del mostrador. Parroquianos de todos los pensamientos, de todas las pasiones. Allí se conversa, allí se discute del mundo y de la vida. Mientras a sotto voce la cantora entona a Gardel o desde un televisor colgado en la pared destellan las camisetas en la cancha y al que le cabe, se prende. El boliche es un centro social, de contención. El pibe que al mostrador se pasa de trago, lo pone en su sitio un veterano de la mesa de truco o tutte cabrero, que se se para y le dice con la mano en el hombro: “Hasta aquí llegó mi amor”. Es que conocía al viejo del pibe, todos eran del barrio, y el boliche, los parroquianos, eran un muro de contención de los que se iniciaban en el “sirva la otra” . El consejo en el boliche muchas veces rinde más que a domicilio. Ese centro de comunicación, que de chiquilín Discepolín lo miraba de afuera, la ñata contra el vidrio, era campaneado como una universidad a la que se entra de pantalón largo, para aprender con el tiempo filosofía, dados, timba y la poesía. En un boliche se arma un cuadro de fútbol, se funda un club, se levanta un tablado, se organiza una excursión, los seres humanos se comunican, discuten, se abrazan o se putean en tránsito, por qué no, que eso es parte de la convivencia. El Tito Cabano, del Barrio Sur, dice en un tango de dos orillas “un boliche como hay muchos una esquina como hay tantas”, y cuenta que el trompa tira la bronca porque un purrete se cuela. Solo se le permite apoyar la ñata contra el vidrio. Tenemos para un tenida larga, al mostrador, en esos viejos almacenes de la conversación. Por eso, si querés, la seguimos. Nos vemos en el boliche. Mauricio Rosencof
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