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Obdulio. El último caudillo. Radamés Mancuso

Obdulio. El último caudillo. Radamés Mancuso

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Obdulio Varela fue repartidor de periódicos, albañil, algo analfabeto -se sospecha-, y un hombre de pocas pulgas para los reportajes. Aquí podría escribirse sobre su leyenda, sobre el Maracanazo, sobre sus dichos memorables, como esa frase inmortal “vayan y jueguen, que los de afuera son de palo”, pero no le estaríamos haciendo justicia, porque este centro half nunca estuvo de acuerdo con la imagen mitológica que se construyó a su alrededor. Por eso eligió esa modesta felicidad de disfrutar ratos con amigos y de comer unos ricos pucheros, porque según confesó, eso era la gloria para él. El resto fue un invento de la prensa, según denunció él mismo.

¿Es cierto que, tras salir campeón y recibir la copa Jules Rimet, Varela se perdió en las noches de Río, bebiendo en lugar de festejar con su equipo? ¿Por qué se insistió en que no se quedó a celebrar con sus compañeros, sino que prefirió mezclarse con los vencidos y beber cervezas en su compañía? ¿Por qué siempre se contó que los brasileños no podían creer que aquel hombre que invitaba tragos a todos era el capitán de la mayor hazaña en la historia del fútbol? Bebió tanto que, quizás, olvidó o prefirió olvidar, y por eso eligió ser olvidado.

Obdulio nunca quiso ser un héroe, por eso, en algún cielo celeste todavía sigue negando esas historias. Pero, perdonen, negar esas historias, aún si fueron ciertas o al menos verosímiles, le da una grandeza que supera lo conocido. La gloria no significaba nada para Obdulio. De hecho, al volver a Uruguay como campeón del mundo, recibió una medallita de plata y un puñado de dinero que apenas le permitió comprar un Ford con veinte años de antigüedad. El Negro Jefe nunca buscó gloria ni riqueza. Solo pidió un trabajo digno al gobierno, pues a sus 33 años sabía que no le alcanzaría para vivir. Hasta el día de hoy, el mundo sigue hablando de su legado.

Adrián Michelena

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